Habían pasado cuatro años, seis meses y nueve días desde la última visita. Lo sé porque marcaba cada día en la pared roñosa de mi habitáculo. Más de cuatro años sin ver a nadie, mirando la rendija de la puerta esperando la ración diaria de sopa con pan. A veces, si había suerte, podía mojar en la sopa un sabroso gusano. Y, si por casualidad, daba con una cucharacha, ese día no dormía de la emoción. Sabía cuándo comenzaba el invierno porque las ronchas provocadas por la humedad perduraban en mi cuerpo por varios meses. Al menos la temperatura era bastante agradable, nunca hacía frío. A esos meses los llamaba los meses del arte. Rascando el verdín de la pared con mis uñas era capaz de hacer unos dibujos realmente notorios, dignos de ser expuestos en la mejor galería. Me daba mucha pena que año tras año mis dibujos se perdiesen sin ser vistos. Pese a ciertas incomodidades, no me podía quejar. Siempre hay gente que está peor.