El hombre de la arena

El factor humano

Recuerdo perfectamente el día después a mi ascenso. Me llamaron antes del amanecer y sin tiempo para ponerme nervioso llegué al piso. Al entrar lo vi. Ella estaba esperando en un rincón sentada en una banqueta de mimbre, más propia de una casa de pueblo que de un piso de Gran Vía y fumando un cigarro. El marido, degollado y esparcido en medio del salón, presentaba siete puñaladas y el pelo quemado.
"Llévensela" ordenó Gálvez. El día anterior hubiese sido yo quien cogiera a la mujer para meterla en el furgón. "Yo no me voy sin mi pajarito" respondió la señora. Gálvez, acostumbrado a crímenes de lo más cruentos, no tenía esta vez el cuerpo para estar mucho tiempo en aquella habitación. "¡Ni pajaritos ni hostias!" le gritó. Desde la perspectiva de quien acaba de llegar y sólo debe aprender, me preguntaba qué se siente ante una escena así. Se siente que hoy no apetece comer carne.
Me queda la imagen de la mujer camino del coche patrulla. Un policía la sujetaba de un brazo y con la otra mano sostenía la jaula con el pajarito. Abrí mi libreta y apunté: el factor humano.


El vaso medio lleno

Habían pasado cuatro años, seis meses y nueve días desde la última visita. Lo sé porque marcaba cada día en la pared roñosa de mi habitáculo. Más de cuatro años sin ver a nadie, mirando la rendija de la puerta esperando la ración diaria de sopa con pan. A veces, si había suerte, podía mojar en la sopa un sabroso gusano. Y, si por casualidad, daba con una cucharacha, ese día no dormía de la emoción. Sabía cuándo comenzaba el invierno porque las ronchas provocadas por la humedad perduraban en mi cuerpo por varios meses. Al menos la temperatura era bastante agradable, nunca hacía frío. A esos meses los llamaba los meses del arte. Rascando el verdín de la pared con mis uñas era capaz de hacer unos dibujos realmente notorios, dignos de ser expuestos en la mejor galería. Me daba mucha pena que año tras año mis dibujos se perdiesen sin ser vistos. Pese a ciertas incomodidades, no me podía quejar. Siempre hay gente que está peor.

Canicas

En menudo lío se había metido cuando cogió aquellas canicas. Por mucho que se lo negara a Arturo, el repetidor de la clase, el tintineante sonido de sus pantalones evidenciaba el robo más comentado del colegio.

Condena

Cansado de andar siempre con prisas, decidió marcharse. Así rezaba el epitafio de su mejor amigo. Sus vidas se juntaron el día que sus madres se conocieron en el parque y no se separarían hasta que un accidente cambiara la relación más íntima y verdadera que jamás tuvo. Lo que para todo el mundo fue un suicidio, para él fue una condena. La condena de saber que él lo mató.

Daltonismo espacial

Tras varios días de viaje, llegamos al planeta rojo. ¡Era azul!

David

Más allá, sobre las colinas de mármol que son los poderosos músculos, se encuentra él, a punto de terminar las perfectas caracolas en forma de pelo. La cabeza es lo que más le ha costado. Terminada, ésta mira a su izquierda, buscando seguro su objetivo. El ceño fruncido y las aletas de la nariz bastante abiertas evidencian esta tensión contenida del momento anterior al combate. David está a punto de vencer a Goliat. Y Miguel Ángel nos lo muestra en todo su esplendor.